Con sus dos estatuas flamencas desterradas, desde una Alameda en obras se prepara una obra para recordar que desde la segunda mitad del XIX esta zona más que prostibularia se convirtió en la ‘Universidad flamenca sevillana': así se subtitula la reciente edición (libro-CD-DVD) que hace censo y subraya la importancia de la Alameda de Hércules en el desarrollo del flamenco. Era una Alameda en blanco y negro, tiznada de sepia también el almidón de la camisa y la oscura pizarra. Hasta allí llegaron monstruos de Jerez (Torre, Chacón, el Gloria), Málaga (Pena Hijo, Cojo de Málaga), de todos los puntos, y allí nacieron o residieron nombres difícilmente superables de cantaores (Vallejo, Caracol, Pastora, su hermano Tomás y su marido Pinto), guitarristas (Manolo el de Huelva, Eduardo de la Malena) y bailaores como La Macarrona, Pastora Imperio, Enrique el Cojo, Antonio… Allí se vivieron intensamente los años veinte, no tan felices, tras los que comenzó una decadencia que llegó hasta el Plan Urban.
Los alrededores de la explanada, antiguo barrizal, comienzan a verse salpicados por las familias de cantaores, guitarristas y bailaores, de manera que llegamos a un epicentro celestial de medio kilómetro cuadrado. Aparecieron los colmaos primero, después se inventaron los café cantantes para poner cimientos económicos; hubo incluso un café cantante de verano, también inaugurado el sistema por el gran innovador y empresario que se llamó Silverio Franconetti, cantaor de fábula. Complemento de ‘El cante de cuartito', libro de Lola Pantoja en torno a los locales de la Alameda, en este se referencian los domicilios de los artistas, 45 telegráficas biografías, una veintena de locales, reseñas periodísticas de las muertes de Manuel Torre, La Macarrona y Manuel Vallejo, carteles, catálogos discográficos, y, cómo no, tres ejemplos de certificados de bautismo, matrimonio y defunción… además de 116 fotografías, tantas como páginas tiene este libro que se completa con traducciones al inglés y japonés.
El CD tiene 16 cortes de entrevistas rematadas por cantes extraídos de placas de pizarra, registrados desde 1917 hasta antes de la guerra. Entre ellos es siempre suprema delicia encontrarse con dos bulerías de Manuel Vallejo (¡Estatua ya!.. ¡y para Tomás!, desechado el proyecto para Manuel Torre con galgos y sus cabellos naturales, alamedina idea de Lorca). Se incluyen algunas grabaciones privadas, como los cinco minutos de fiesta entrañable turnándose Pastora y su Pinto; entre ellas se presenta en primicia la voz de una cantaora que no llegó a grabar discos, María la Moreno, quien popularizara esa joya de la corona estilística que es la bulería por soleá. Un hallazgo, pese a los zarpazos del sonido. Frente a la investigación, producida por quien fuera director del sello Pasarela, el exceso de personalismo que caracteriza a Manolo Cerrejón, hecho que empuja a que el CD no resista muchas escuchas (compila entrevistas de su época radiofónica), ni el DVD muchas visualizaciones: se trata de un plomizo recorrido de la mano de Cerrejón apoyada en un cantaor octogenario, el bueno de Pies Plomo.